Reflexión

Las niñas, niños y adolescentes tienen derecho a que se les asegure, de manera prioritaria (antes que a los adultos), el ejercicio pleno de todos sus derechos. Para tal efecto, siempre se considerará su interés superior.

Asimismo, las niñas, niños y adolescentes tienen derecho a que se proteja su vida, su supervivencia, su dignidad y a que se garantice su desarrollo integral.

Lo anterior está contemplado en el artículo 13, fracciones I y II, de la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. Decidí citar estas fracciones con el fin de que puedan servir de apoyo y, en caso de curiosidad, puedan leer el artículo completo de esta ley, que también establece lo siguiente:

"Las autoridades federales, de las entidades federativas, municipales y de las demarcaciones territoriales de la Ciudad de México, en el ámbito de sus respectivas competencias, adoptarán las medidas necesarias para garantizar estos derechos a todas las niñas, niños y adolescentes, sin discriminación de ningún tipo o condición."

Una vez leído esto, amigos, y considerando que todos tenemos cerca a una niña, un niño o un adolescente porque en algún momento compartimos con ellos, ya sea como padres, tíos, hermanos, abuelos, maestros, cuidadores, vecinos o simplemente porque los vemos en la calle o en centros comerciales, muchos acompañados de sus padres o saliendo de la escuela, surge una reflexión necesaria.

Como personas que formamos parte de una sociedad que cada vez reacciona más, se manifiesta y se expresa cuando algo no concuerda con sus ideas o cuando se considera que se están violentando los derechos de alguien...

La pregunta es: ¿Qué hacemos cuando estamos frente a un claro ejemplo de trabajo o abuso infantil? Todo queda en estadísticas y estimaciones, donde se afirma que México es el segundo país de Latinoamérica con más casos. Las organizaciones manifiestan que esta situación es inaceptable, se firman convenios para erradicar el trabajo infantil, y las autoridades dan discursos diciendo: “Estamos avanzando, hay compromiso para erradicarlo”, etc.

¿Y nosotros, como sociedad, qué estamos haciendo al respecto? ¿Nos hemos convertido en meros espectadores?

¿Solo nos indignamos y decimos “pobres niños”? Independientemente de si tienen padres o no, los menores deben ser atendidos y protegidos. ¿En qué momento nos acostumbramos a ver este tipo de situaciones? ¿En qué momento dejó de importarnos? ¿Es más fácil cerrar los ojos y voltear hacia otro lado?

No nos detenemos a pensar que esa infancia se perderá, y que lo que se generará serán jóvenes carentes de sensibilidad, de empatía, de afecto… la misma que les fue negada.

Lo peor es que se crea una cadena, un círculo que no se rompe. La realidad, muchas veces, supera la ficción, y todo tiende a regresar como un boomerang.

He ahí la importancia de no quedarnos callados, de motivar un cambio que erradique la indiferencia, de alzar la voz siempre que tengamos la oportunidad.

Si cada persona pone su granito de arena, si cada quien cuida, procura y respeta la niñez, tendríamos un mejor futuro. Creceríamos como personas, pero sobre todo, como seres humanos. Siempre podemos dar un poco más. Sentir lástima no basta; excusarse en la necesidad no es justificación.

Este artículo está dedicado a los niños que no tienen voz, porque desde su inocencia desconocen que tienen derecho a tener una vida digna.

Heidy Vázquez Rodríguez

Directora General de HCONSULTORÍA LEGAL EMPRESARIAL

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